Cuando aquella mañana de abril recibí la llamada de Kristin, la bibliotecaria, comenzó mi nuevo caso. Ese día se armó un gran revuelo en la zona de la biblioteca ortuellana. La policía había acordonado la zona, marcó con tiza el lugar donde se había hallado el cadáver. Nada más verme el teniente me puso al corriente.
- Buenos días inspector, nos encontramos con un extraño caso. Es un varón, de raza blanca, joven y sin documentación. No lo hemos movido. Kristin lo encontró al abrir la biblioteca esta mañana. Estaba cerrada con llave tanto aquí arriba como escaleras abajo. A propósito, tenía esos libros alrededor.
- Veamos… apunte esto teniente: al asesinado le asoma un tatuaje por debajo de la camisa, no lleva ni bolsillos pero para suerte suya, le conozco. Vivía en mi barrio, el típico macarra. Voy a hablar con Kristin.
Esta no parecía estar muy conmocionada, mas bien, ligeramente deprimida. Miraba mucho al suelo (cosa que se hace cuando se miente, por lo que la clasifique como sospechosa)
Esa tarde interrogué a Kristin y me dijo más de lo que me esperaba:
- Verá inspector, el viernes pasado, ese mismo joven vino acompañando a un gran chico, un intelectual, cosa que me pareció rarísima, parecían estar enfadados. Le deje al cargo un momento mientras iba a la imprenta de Kris a por un recado. A la vuelta el macarra no estaba y el intelectual se quedó hasta que cerré. El lunes al entrar escuché un ruido, como algo pesado cayendo, entré y vi el cadáver.
- Muchas gracias Kristin, si me dejase su llave de la biblioteca tal vez consiga resolver el caso.
- Sí, si, aquí tiene.
Después de comer, me dirigí a la biblioteca, podía tener el caso en mis manos, era así de sencillo: el intelectual mató al macarra, lo puso encima de una estantería el lunes y ató un hilo transparente a unos libros para que estos empujaran al macarra al suelo. Si yo encontraba el hilo, tendría la prueba definitiva.
Al llegar a la biblioteca me di cuenta de que no estaba vacía, entré arma en alto, y observe como un joven de pinta intelectual estaba recogiendo un hilo de pesca.
- ¡Mierda!-Dijo al darse cuenta de que le había pillado, al momento empezó a llorar.
Una semana después, el intelectual había confesado cómo el macarra le había arruinada la vida, que le obligaba a hacerle los deberes, recados etc.
Archivé el caso en mi oficina y me preparé para escribirlo, ya que al parecer, si hago un libro, podré ganar algo de dinero.